domingo, 2 de septiembre de 2012

Domingo 9 septiembre 2012, lecturas XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (año B).

9 + XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Domingo de la 23ª semana de Tiempo Ordinario. Año B.

PRIMERA LECTURA
Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará

Lectura del libro de Isaías 35, 4-7a

Decid a los cobardes de corazón.
«Sed fuertes, no temáis.
Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará»
Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantar.
Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 145, 7. 8-9a. 9bc- 10
R. 

Alaba, alma mía, al Señor. Lauda, ánima mea, Dóminum.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.
Alaba, alma mía, al Señor. Lauda, ánima mea, Dóminum.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R.
Alaba, alma mía, al Señor. Lauda, ánima mea, Dóminum.

Sustenta al huérfano
y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R.
Alaba, alma mía, al Señor. Lauda, ánima mea, Dóminum.

SEGUNDA LECTURA
¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2, 1-5

Hermanos míos:
No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo.
Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso.
Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.»
Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?
Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

ALELUYA
Mt 4, 23
Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo. Praedicábat Iesus Evangélium regni, et sanábat omnem infirmitátem in pópulo.

EVANGELIO
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
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Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 31-37
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:
- «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:
- «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Del Catecismo de la Iglesia Católica
Cristo, médico
1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4, 24) son un signo maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2, 5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2, 17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.
1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5, 34. 36; Mc 9, 23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Mc 7, 32-36; Mc 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9, 6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Mc 1, 41; Mc 3, 10; Mc 6, 56) "pues salía de él una fuerza que los curaba a todos" (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa "tocándonos" para sanarnos.
1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: "El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8, 17; cf Is 53, 4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf Is 53, 4-6) y quitó el "pecado del mundo" (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión redentora.
"Sanad a los enfermos… "
1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz (cf Mt 10, 38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: "Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6, 12-13).
1507 El Señor resucitado renueva este envío ("En mi nombre… impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien"; Mc 16, 17-18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre (cf. Hch 9, 34; Hch 14, 3). Estos signos manifiestan de una manera especial que Jesús es verdaderamente "Dios que salva" (cf Mt 1, 21; Hch 4, 12).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1Co 12, 9. 28. 30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Co 12, 9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).
1509 "¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10, 8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf Jn 6, 54. 58) y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1Co 11, 30).
1510 No obstante la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: "Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (St 5, 14-15). La Tradición ha reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325; 1695-1696; 1716-1717).

Del Papa Benedicto XVI, Audiencia general 17-enero 2007.
En este breve pasaje el evangelista narra que el Señor, después de poner los dedos en los oídos y de tocar con la saliva la lengua del sordomudo, realizó el milagro diciendo: "Effatá", que significa, "Ábrete". Al recobrar el oído y el don de la palabra, aquel hombre suscitó la admiración de los demás contando lo que le había sucedido.
Todo cristiano, espiritualmente sordo y mudo a causa del pecado original, con el bautismo recibe el don del Señor que pone sus dedos en su cara y, así, a través de la gracia del bautismo, se hace capaz de escuchar la palabra de Dios y de proclamarla a sus hermanos. Más aún, a partir de ese momento debe progresar en el conocimiento y en el amor de Cristo para poder anunciar y testimoniar con eficacia el Evangelio.
Audiencia general, 14-diciembre-2011
Hoy quiero reflexionar con vosotros sobre la oración de Jesús relacionada con su prodigiosa acción sanadora. En los evangelios se presentan varias situaciones en las que Jesús ora ante la obra benéfica y sanadora de Dios Padre, que actúa a través de él. Se trata de una oración que, una vez más, manifiesta la relación única de conocimiento y de comunión con el Padre, mientras Jesús participa con gran cercanía humana en el sufrimiento de sus amigos, por ejemplo de Lázaro y de su familia, o de tantos pobres y enfermos a los que él quiere ayudar concretamente.
Un caso significativo es la curación del sordomudo (cf. Mc 7, 32-37). El relato del evangelista san Marcos –que acabamos de escuchar– muestra que la acción sanadora de Jesús está vinculada a su estrecha relación tanto con el prójimo –el enfermo–, como con el Padre. La escena del milagro se describe con detalle así: "Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá" (esto es, "ábrete")" (Mc 7, 33-34). Jesús quiere que la curación tenga lugar "apartándolo de la gente, a solas". Parece que esto no se debe sólo al hecho de que el milagro debe mantenerse oculto a la gente para evitar que se formen interpretaciones limitadas o erróneas de la persona de Jesús. La decisión de llevar al enfermo a un lugar apartado hace que, en el momento de la curación, Jesús y el sordomudo se encuentren solos, en la cercanía de la una relación singular. Con un gesto, el Señor toca los oídos y la lengua del enfermo, o sea, los sitios específicos de su enfermedad. La intensidad de la atención de Jesús se manifiesta también en los rasgos insólitos de la curación: usa sus propios dedos e, incluso, su propia saliva. También el hecho de que el evangelista cite la palabra original pronunciada por el Señor –"Effetá", o sea "ábrete"– pone de relieve el carácter singular de la escena.
Pero el punto central de este episodio es el hecho de que Jesús, en el momento de obrar la curación, busca directamente su relación con el Padre. El relato dice, en efecto, que "mirando al cielo, suspiró" (Mc 7, 34). La atención al enfermo, los cuidados de Jesús hacia él, están relacionados con una profunda actitud de oración dirigida a Dios. Y la emisión del suspiro se describe con un verbo que en el Nuevo Testamento indica la aspiración a algo bueno que todavía no se tiene (cf. Rm 8, 23). El relato en su conjunto, entonces, muestra que la implicación humana con el enfermo lleva a Jesús a la oración. Una vez más se manifiesta su relación única con el Padre, su identidad de Hijo Unigénito. En él, a través de su persona, se hace presente la acción sanadora y benéfica de Dios. No es casualidad que el comentario conclusivo de la gente después del milagro recuerde la valoración de la creación al comienzo del Génesis: "Todo lo ha hecho bien" (Mc 7, 37). En la acción sanadora de Jesús entra claramente la oración, con su mirada hacia el cielo. La fuerza que curó al sordomudo fue provocada ciertamente por la compasión hacia él, pero proviene del hecho de que recurre al Padre. Se entrecruzan estas dos relaciones: la relación humana de compasión hacia el hombre, que entra en la relación con Dios, y así se convierte en curación.